Palos de ciego, de David Torres. Entrevista

Entrevisto a David Torres para hablar de Palos de ciego (Círculo de tiza). Una obra con una maquinaria complicada y bien engrasada. 

Palos de ciego, un canto a la honestidad literaria

David Torres se esfuerza constantemente por explorar sus límites. Lo intenta todos los días con sus artículos y, por supuesto, con sus obras. Palos de ciego va un paso más allá. Un libro que demuestra que saltarse las reglas, si se hace bien, sienta de maravilla.

Palos de ciego y sus capas

El libro habla de sucesos terribles en dos periodos históricos diferentes y en dos planos: la historia y la realidad propia. Por un lado, se centra en una trama imposible de contar: la desaparición de cientos de músicos durante las purgas estalinistas. Por otro, en la muerte del hermano mayor del autor en una de las clínicas famosas por ser el escenario de la desaparición de cientos de recién nacidos hasta hace bien poco. En medio, un campo minado de reflexiones, música y hallazgos que va uniendo y separando ambos hilos conductores.

De manera que Palos de ciego además de ser una buena novela metida en un ensayo o al revés, es una historia personal que discurre paralela a una novela fallida según su autor, que en el fondo no lo es. Y también podría ser un libro de historia honesto, dentro de la honestidad que puede tener el género. O un tratado de música, de la buena… O una autobiografía sui géneris. El punto de unión de todos estos libros en uno es la incansable e inalcanzable búsqueda de la verdad y la constatación de lo perdidos que estamos todos aquellos que vivimos pensando en encontrarla algún día.

Palos de ciego y el lector

Una locura tan bien hecha que sorprende que su autor declare que se configuró sin una estructura previa o una mínima guía para que ensamblaran bien todos estos géneros. Estas partículas de realidad que aquí encajan fluidamente. El lector va colocando todas las piezas, propias y ajenas, sin perderse ni un ápice, disfrutando y sorprendiéndose a cada giro.

Realmente, tengo que reconocer que me encanta Palos de ciego, como casi todo lo que hace su autor. Así que para no caer en la adulación sin sentido prefiero dejarlo aquí y ofreceros esta conversación que tuvo lugar en un bar de Madrid, ruidoso y castizo, como los que nos gustan a los dos.

¿Qué le dirías a alguien que aún no ha comenzado a leer tu novela para que se anime a hacerlo?

Bueno, es que esa labor de propaganda no es la del escritor que bastante hace con escribirlo. Yo fui vendedor de libros un tiempo, pero me da bastante pudor hablar de mi propia obra.

Defínela.

Es una obra híbrida en todos los sentidos. Fundamentalmente, es una obra de no ficción. Tiene una parte autobiográfica, otra de novela, también hay ensayo, ensayo histórico… es complicado, pero creo que es un libro que busca indagar sobre qué es lo que creemos en realidad y qué es la verdad y la veracidad. Tampoco sabría decírtelo, recuerdo esa respuesta que daba Faulkner cuando le preguntaban sobre el mensaje de sus novelas. Siempre decía: si quisiera enviar un mensaje, llamaría a un cartero. Pues lo mismo.

¿Qué dificultades te has encontrado a la hora de escribir una novela de estas características para que todo fluya?

Me costó veintitantos años, hasta que di con la forma. Cuando descubrí que debía de tener una estructura tipo taladro y supe cuál iba a ser el contrapunto todo empezó a fluir. Cuando acababa con el tema de mi hermano, tenía que hablar de los lirniki y, cuando terminaba con estos, iban apareciendo los personajes de Stalin, María Yúdina… en ese sentido, la escritura fue muy fluida.

¿No te planteaste una estructura antes de comenzar a escribir?

No. Nunca hago una estructura previa, incluso con las novelas policiacas, si no tengo la sensación de que estoy dirigiendo la escritura. De estar redactando y no escribiendo. Creo que es mejor confiar más o menos en un tono. No es el mejor método, ni el más recomendable, pero sí creo que funciona en el sentido de que me gusta ir descubriendo mientras voy escribiendo. Por ejemplo, las novelas policiacas del momento, incluso las de los grandes maestros, me aburren sobremanera porque veo el esquema constantemente. Sé que hay un personaje que es el villano y aunque no sepa quién es, sé que está ahí, en el principio.

Hacer estructuras previas es jugar con las cartas marcadas. Es redactar más que escribir, bajo mi punto de vista. Me gusta más hacer el viaje a la buena de Dios, sin saber dónde voy a tomar los enlaces ni si de pronto voy a cambiar de país.

¿Y luego, corregiste mucho tras la escritura?

No soy un escritor que corrija demasiado en cuanto a estilo porque me fio del flujo de mis frases, de cómo salen.  Aunque, en este caso, al ser un libro que tenía tanto trabajo previo, durante tantos años, y había muchos detalles, en cuanto a precisiones históricas, sí corregí bastante. Sin contar con la labor del corrector de estilo, que en este libro ha sido especialmente espléndida.

¿Cómo decides cuál va a ser el inicio?

El inicio es lo fundamental, lo que te da el tono. A veces, no empiezo a escribir por el principio, sino por otro sitio y, de pronto, encuentro el comienzo. Nunca lo sé muy bien. Yo creo que lo más interesante de la escritura es la parte inconsciente. La parte que realmente no controlas, ese juego entre lo consciente y lo inconsciente. Lo inconsciente que se va haciendo consciente. Y, a veces, lo inconsciente hasta que no lo escribes, no se hace consciente.

Este es el libro más autobiográfico de todos los que has escrito.

Sin duda.

¿No te dan pudor determinados pasajes?

No me lo planteé. Si me lo hubiera planteado, probablemente, no lo hubiera escrito. Yo creo que en España somos en exceso pudorosos y que la literatura autobiográfica es bastante pobre si la comparas con la francesa o la anglosajona. Por otro lado, las cosas que cuento, como la hipocondría, los sueños… no sé, como soy de contar intimidades a los amigos, me hago a la idea de que el lector es un amigo.

Además, si te vas a desnudar hay que contarlo todo, no vale hacer Photoshop, ni quitarte los michelines. En mi caso, además, la autobiografía es otro elemento más del libro. No aparece ahí porque sea yo, sino porque en realidad yo soy el punto de unión entre las dos historias que yo quería contar.

Por otro lado, hay mucha música en el libro.

La música es mi gran vocación frustrada. El ecosistema literario español respecto a la educación musical es lamentable. En España no existe una educación musical como tal, por lo menos no existía cuando yo era un crío. Un ejemplo: me acabo de leer una novela, por otra parte estupenda, de Vázquez Montalbán. Un tipo como él, tan culto y tan importante para la literatura, en un momento de la novela habla de los cuartetos de Beethoven y los cuartetos de Bach, cuando este último no escribió ningún cuarteto.

¿En un libro? ¿No lo supo corregir nadie?

No lo sabía él, ni nadie en la editorial, ni nadie ha señalado ese detalle hasta ahora, porque se sigue publicando así. Esa es la educación musical española. Hombre, siempre te queda el subterfugio de que es la voz narrativa del personaje la que lo dice, pero se nota que es un hombre culto, que está hablando de política, de pintura… yo creo que la música es uno de los muchos agujeros que tiene la educación española, uno gordo. En mi caso, siempre he tenido una envidia tremenda del poder que tiene un compositor, no ya en una canción, sino en una sinfonía. El de aplastarte o llevarte a otro mundo durante cuarenta minutos me parece algo fabuloso.

¿Qué necesitas para escribir?

Para escribir libros necesito estar en casa. Tomo notas muchas veces: caminando o cuando estoy leyendo en la cama. Se me ocurren muchas ideas justo cuando me voy a dormir. Es como si todas las sinapsis cerebrales se fueran abriendo y de repente encajan un montón de cosas. Hay mucha gente que le ocurre al despertarse, en la ducha, hay trucos. Yo necesito siempre como fetiche un puro, un whisky y silencio, puedo escribir con música una columna, pero para un libro necesito silencio.

¿Crees que los escritores escribís siempre el mismo libro?

Hay escritores que sí. Faulkner es un caso muy claro. Yo precisamente soy del otro tipo. Yo creo que hay escritores que escriben un libro distinto cada vez porque para qué vas a hacer algo que ya has hecho, entonces es que lo has hecho mal. Mis libros son totalmente diferentes.

Tienes razón, pero en cierto sentido yo veo un trasfondo, que en este libro está más claro que en ninguno. El de la cuestión de la discapacidad de conocer nuestra realidad en todos los sentidos.

Bueno, sí, pero nunca lo había afrontado tan de frente. Esto me recuerda a una una frase de Jim Thompson, otro autor al que no le hizo caso casi nadie en vida, a pesar de que hizo guiones con Kubrick. Dijo una vez algo así como que existen 42 formas distintas de contar una historia y que las había probado todas, pero que solo hay una historia: las cosas no son lo que parecen. Y yo creo que ese es el tema. De eso también va este libro.

¿Qué sentiste al terminar de escribir Palos de ciego?

Sentí que me había quitado un gran peso de encima, es un libro lleno de frustraciones, porque no es el gran libro con el que yo soñaba: una gran novela histórica. De esa novela especialmente me gustaba el personaje de la doctora Bronstein y quería contar la historia de esa mujer y de Rusia y al final han quedado ruinas, no ha quedado nada, un espectro de lo que podía haber sido. Pero por otro lado, me di cuenta de que al fin y al cabo hice lo que podía hacer: contarlo de la manera más honesta y efectiva posible.

El  libro también hace justicia poética, porque lo estás contando aunque no lo cuentes. Consigues que el lector reflexione: hasta qué punto lo manipulan, se manipula y hasta qué punto puede ver la realidad.

Claro, en ese sentido la novela tiene algo del postmodernismo. Para mí una de las claves de este movimiento es la narración que tiene conciencia de que es una narración. Que le dice al lector, constantemente, ojo esto es una narración. Es lo que estoy haciendo yo.

Según mi opinión, el ejemplo más grande que se ha hecho en este sentido es Casa de campo de José Donoso. Un escritor muy olvidado y que el propio John Barth, que es uno de los popes del Postmodernismo, señalaba como una de las joyas, una de las cimas, de la narrativa del siglo XX. Y yo creo que hay algo de Casa de campo en ese constante juego de espejos en los que, inmediatamente, no se sabe cómo, aparece la magia de Sherezade. Una novela que, de pronto, tiene una realidad autónoma. Una ficción, que aunque sepas que es ficción, te conmueve y ese juego es muy interesante.

El libro es una especie de truco. No me gusta la palabra, pero en el fondo la literatura está compuesta de trucos. Es un libro que va de cómo no se puede escribir un libro. Es como un mago que te dice que no puede hacer un truco, mientras te lo está haciendo.

Nunca lo hubiera conseguido sin la historia de mi hermano. Me daba toda la línea de bajo de la novela. El hecho de que mi propia historia estaba llena de incertidumbre.

¿Qué te gustaría que pensara el lector después de leer Palos de ciego?

Me gustaría que durante la lectura, el lector entre, de algún modo, en ese estado único que da la literatura. Y cuando hablo de literatura, me refiero a la buena literatura, no a la prefabricada. Esa sensación de suspensión y de maravilla. Y también que saliera distinto de alguna manera. De todos los libros que significan algo, el lector sale distinto. Que fuera un libro con preguntas, porque mucha gente va buscando respuestas, pero realmente los libros están más bien para formular preguntas. La misma pregunta siempre de otra manera. Frente a tantos libros que solo basta con ver la portada para saber que vas a salir de ellos igual que has entrado, aunque te lo hayas pasado muy bien; en este caso, me gustaría que se produjera esa transformación que Aristóteles llamaba catarsis.

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