Sergio Hernández. La última canción de primavera. Entrevista

Sergio Hernández nos trae una obra breve, pero tan intensa que cuando terminas de leer, la extenuación te acecha. La última canción de primavera (Olé Libros) aúna tres relatos ambientados en Tokio, seis personajes desgajados, perdidos, rotos, ansiosos… La deshumanización humaniza, a veces. Así ocurre en esta obra que te atrapa en su cálida gelidez con su apuesta cuidada y fluida.

Sergio Hernández: «A veces, solo hace falta una noche para representar las soledades de toda una vida»

Sergio Hernández

Sergio Hernández es un autor de mapa que hace los deberes, qué gusto, aunque luego se los salte. Ahí está la clave: cuando le has dado tantas vueltas a lo que quieres escribir que eres capaz de improvisar para mejorarlo. Entonces, es cuando aparecen las grandes ideas, los personajes redondos, las maravillas que nuestra mente nos regala cuando la tenemos bien informada.

Por esto anterior, entre otras muchas razones, merece la pena leer La última canción de primavera y esta entrevista con Sergio Hernández. Toda vuestra.

¿Qué te llevó a escribir estos relatos? 

La última canción de primavera nació de una imagen, de un concepto abstracto que llevaba meses rondando mi cabeza. En este caso la forma condicionó el contenido.

Sabía que quería escribir un libro de relatos porque siempre he sido un amante del género, pero no terminaba de reconocer qué engranajes debía accionar para lanzarme a esta aventura. Sin embargo, y lo recuerdo como si fuese ayer, un día vino a mí la imagen de una noche fría y gris. Era Tokio, durante la última noche de invierno. Reconocí en el momento que esa era mi historia, la que debía escoger, la única que podía contar con honestidad en ese instante.

Comencé a tirar ese hilo, de esa cuerda invisible que ataba aquella imagen todavía borrosa a mi cabeza. En las primeras semanas traté de entender por qué esa idea me obsesionaba tanto, y cuando, meses más tarde, aparecieron ante mí los personajes, lo entendí. Paradójicamente, a veces, solo hace falta una noche para representar las soledades de toda una vida. 

¿Cuando los escribiste tenías ya la idea de lo que iban a ser, los escribiste seguidos?

¡Me encanta la pregunta! Me considero un escritor de mapa en estado puro. Planifico cada escena al detalle, mido mis palabras, analizo a mis personajes y los lugares por los que transitan… Esto quiere decir que en todo momento sé el lugar del que parto y al que quiero llegar.

Con todo, esos esquemas que diseño solo sirven para ignorarlos cuando me siento a escribir. Hasta que no me encuentro frente al ordenador no termino de ver qué es lo que funciona.

Así que siempre termino alterando algo de la idea inicial. Sin embargo, desde el primer momento tuve claro lo que quería transmitir y cómo. Los primeros dos relatos los escribí del tirón en unas pocas semanas. Disfruté mucho. Fueron dos historias que salieron de mí de forma natural. Pero me entregué de tal forma a esos personajes que me vacié por completo. Necesité cuatro meses para sentarme a escribir de nuevo.

Cuando volví a abrir el ordenador comprendí que estaba agotado emocionalmente, que estaba creando una obra vampírica donde los protagonistas bebían de mí hasta dejarme sin nada. Como llegado a ese punto no podía volver atrás, decidí abrirme en canal. Fue un punto de no retorno. Dejé de ficcionalizar mis heridas y eliminé todo lo que no funcionaba del último relato.

Terminé desechando a los personajes y escribiendo unos nuevos que representasen mejor mis emociones. Supongo que por ello es la narración más cruda y existencial. 

¿Por qué Tokio? ¿Por qué esa noche? ¿Por qué se llama La última canciòn de primavera?

Siempre he sentido un vínculo muy fuerte con las obras cuyos protagonistas están rotos en pedazos (especialmente, el trabajo de Inio Asano, Wong-Kar Wai o Murakami). Uno debe escribir acerca de las cosas que le tocan en primera persona, que le obsesionan y le aplastan contra el suelo.

Como dice Charlie Kaufman, hay que escribir desde la herida. Solo narrando desde nuestras cicatrices más profundas podremos conectar con gente que sufre como nosotros mismos. Ese ha sido mi objetivo desde el primer momento.

La mía es una herida íntima, pero a la vez muy universal, una herida que toda mi generación comparte. Desde el comienzo comprendí que Tokio era una bonita metáfora de esos laberintos emocionales que habitaban en el interior de la generación millenial: la soledad, la desilusión, la voluntad por encontrar un lugar en el mundo… La capital de Japón reúne esos ingredientes en su estética y en sus habitantes.

Tokio es el paradigma de la posmodernidad, la ciudad del aislamiento, las apariencias y el dolor generacional. Por todo ello, debía ambientar mi historia entre sus calles.

A su vez, la última noche de invierno tiene un aliciente lírico y visual que habla por sí solo. Empasta a la perfección con la calidez de los protagonistas y la desproporción sentimental de sus corazones. Para mí era una exigencia del guión, algo que debía unir para dotar a la obra de una fuerza inspiradora. Como he dicho antes, a veces solo hace falta una noche para relatar las soledades más íntimas del ser humano. En ese sentido, no era necesario nada más.

Tokio durante la última noche de invierno. Seis personajes desgarradores. La historia se escribía por sí sola, ¿verdad? Al menos eso pensé yo en ese instante (risas).

Por último, y en lo que respecta al título, vino mucho después de la escritura. Es un sintagma trágico pero muy potente. Aparece en el último párrafo del primer relato y me pareció que tenía algo de mágico. Cuando probé a titular así a aquel documento de más de 150 páginas no me quedaron más dudas. Ese debía ser el título que lo sintetizase todo. 

Sergio Hernández. La última canción de primavera. Entrevista 1

Los tres tienen los mimbres de una novela, ¿por qué elegiste el formato de un relato para ellos?

Uno debe ser honesto con lo que puede escribir. Si haces algo impostado o que escapa a tu control, el lector lo percibe enseguida. Yo no quería engañar a nadie. No creo que pudiese haber escrito una novela con ese nivel de honestidad y valentía.

Esa forma lírica y descarnada de narrar es muy difícil de sostener en el tiempo. Debían ser historias cortas, pero directas. Como una canción que te golpea y te arrastra hasta una época de tu vida que ni siquiera recordabas. Creo que fue una buena elección apostar por el relato corto, por estas tres cápsulas de melancolía.

Como dices, las tres tienen tintes de novela porque apelan a emociones corales compartidas por seis personajes que deambulan por calles contiguas. Sin embargo, si me hubiese extendido, esa nostalgia que se depura en la narración se habría diluido con el paso de las páginas, perdiendo esa carga catártica que buscaba.

Los lectores coinciden en que es un libro que han devorado en cuestión de horas, que se han quedado con ganas de más. Pero, en ese sentido, es justo lo que quería.

Tan solo tengo 25 años y quiero seguir escribiendo hasta el día en el que muera. Solo es el comienzo de algo más grande. Si este libro te ha atrapado, estoy seguro de que puedo darte mucho más. Espérame en una librería, haré que valga la pena (risas).  

¿Fue complicado ponerse en la piel de personajes japoneses?

Estos personajes son japoneses por su nombre, por una cuestión de verosimilitud. No podía ambientar una historia en Tokio y llamarlos Miguel o María. Sin embargo, sus emociones y heridas son tan universales como las de la sociedad occidental. En ese aspecto solo he tenido que mirarme al espejo y desgranarme en seis protagonistas que podríamos haber sido tú o yo, o cualquier lector. Tatsumi, Fumiko, Amaia… somos todos. 

¿Cómo es tu proceso creativo? ¿Siempre sigues las mismas pautas?

Como comentaba anteriormente, planifico todo al detalle. Como si se tratase de una producción audiovisual. Diseño a los personajes con sus carencias, sus deseos y necesidades. Elaboro una trama principal y dos subtramas (la intrapersonal y la interpersonal). Por último, escojo con detalle los escenarios y escribo cada escena.

Cuando maduro todos estos aspectos es cuando me siento a escribir, nunca antes. Pese a todo, termino saltándome muchas de las pautas que yo mismo me he marcado.

Mi rutina idílica pasa por escribir entre 2 y 3 horas al día. Concretamente por la mañana, cuando me noto más fuerte físicamente (como Murakami, creo que escribir tiene algo de físico que requiere emplear cada músculo de tu cuerpo). A veces puede ser extenuante escribir por rutina, pero la clave para no distanciarme de lo que quiero contar radica en mantener mi sensibilidad a flote.

Dedico el tiempo que no estoy escribiendo o trabajando a escuchar la música que escuchan mis personajes, a ver las películas cuyo tema me ha influenciado de forma directa, a ver entrevistas de directores o escritores que me han inspirado… Cuando escribo siempre estoy alerta. Sin esa sensibilidad supurando por cada poro durante el proceso de creación, sería imposible abrirse en canal.

¿Puede cultivarse esa sensibilidad durante los meses que dura la escritura? Con el entrenamiento necesario, sí. Cada uno debe conocer sus limitaciones. Es muy importante conocerse a uno mismo para saber cuánto puede dar de sí. 

¿Me puedes contar algún secreto para escribir?

En el mundo del arte se cosechan más heridas que medallas. Eso es lo primero que uno debe asumir.

Muchas veces la cultura consiste en poner la otra mejilla y seguir trabajando. Hace una semana tuve la oportunidad de dar una charla a estudiantes de Filología en la Universitat de València y fue en lo que más insistí.

Escribir es un trabajo que tiene lugar en la más absoluta soledad, en la oscuridad realidad que uno se topa cuando se enfrenta al papel en blanco. Ya de por sí es duro, pero si no estamos preparados para llenar nuestro cuerpo de heridas es posible que tiremos la toalla más pronto que tarde.

Yo llevo años trabajando para llegar a donde estoy, aunque como decía al comienzo, llevo más decepciones que triunfos a mis espaldas. Ya lo dijo David Trueba, ¿no? Hay que saber perder.  

¿Qué te gustaría que pensara el lector cuando termine de leer este libro?

Me encantaría que el lector se viese en los personajes, que reconociese su dolor y lo utilizase para comprenderse mejor a sí mismo. Si es capaz de tirar de esa cuerda emocional para descubrir emociones a las que no había puesto nombre, habrá valido la pena.

Uno debe escribir para remover las entrañas, para tumbar las paredes que rodean nuestros corazones y hacer de estos un lugar más habitable, más humano.

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